Esa mañana el despertar de Lucía y Magia fue en aguas, llegaron para aliviar, llegaron como anunciación, llegaron limpias y calmas. Cuando escuché su voz la sentí fuerte y al mismo humilde, empezando ya a entregarse a ese fluir que nacía desde el interior.
Empezaba el gran baile y la dulce mami tenía ganas de danzar…
Lucía se fue acomodando en casa, se dedicó un tiempo para ella y luego la acompañó su pareja que llegó un rato después. Las comadronas y yo estábamos ya para ellas, desarrollando confianza en el hacer de sus cuerpos. Magia acompañaba cuando las contracciones empezaron, no mucho después, y fueron repitiéndose cada vez con más frecuencia. De ahí que el papá nos llamara unas 4 horas después de que su compañera hubiera roto aguas.
Cuando llegué a su casa me encontré un acogedor escenario: el sol estaba pleno en el cielo pero en aquel hogar todas las persianas estaban bajadas, la calefacción al máximo y la mami en un rinconcito del salón buscando una respiración que le ayudara en su estar. Sus ojos cerrados y la mirada hacia adentro. Sentada sobre un cubo de plástico (su gran amigo durante todo el proceso), desnuda y mamífera, dejándose hacer… No la saludé, solo la miré y sonreí hacia el momento. No hacía falta decir mucho más.
Encontré a Sonia, una de las comadronas que recién llegaba, en una de las habitaciones; por el momento todo seguía un buen discurrir. El papi había salido a pasear con el perro y a airearse un poquito.
Cuando entré de nuevo al salón de repente tomé conciencia de que estaba… ¡¡en mitad de un parto!! Y llegaron todas las dudas, “y ahora qué hago??” o mejor, “ahora que NO hago!!??”. Le digo algo o me quedo en silencio? La toco? Me siento delante o a un lado? Necesitará algo? Y qué necesitará? Debería cerrar los ojos o la miro? O miro a un punto fijo? Y si me muevo? O mejor me quedo quieta? Le estaré estorbando aquí?…
Tropel de preguntas que no hacían más que subrayarme lo difícil que es HACER NADA.
Por suerte, Lucía me ayudó: su centrar, su entrega a lo que su cuerpo ya sabía hacer permitió la entrada en su sangre de un coctel hermoso de tranquilidad, serenidad, ¿y puedo decir placer?… y, mientras ella se iba a su “planeta parto” yo me dejaba también llevar por el relax que iba impregnando el ambiente.
Es curioso, pero no volví a tener tantas dudas, a partir de ese momento, sencillamente me dejé llevar…
En un momento Krishinda, la otra comadrona, me invitó a que ayudara a que la respiración de Lucía se hiciera más profunda ya que estaba respirando muy superficialmente: “si se abre arriba, se abre abajo”- me dijo.
Así, me puse a su lado y sencillamente respiré más profundo mientras le cogía la mano. No sé muy bien cómo, empezamos a cantar juntas, eran unas especies de OM que luego iban combinando con otras vocales. Por momentos casi sentía que yo también estaba de parto, pero lo curioso es que en ningún momento noté sensación de dolor, ni siquiera de molestia por parte de Lucía. Todo seguía según su transcurrir, todo era según tenía que ser. Ella ya estaba conectada, siempre con su amigo cubito, pues tenía muy a menudo ganas de evacuar y así, soltando lo que ya no necesitaba su cuerpo, iba también dejando atrás una etapa y abriendo a un nuevo ciclo.
De una forma muy natural Sonia y yo nos fuimos retirando (aunque solo en presencia física) y Krishinda se quedó un ratito con ella en la habitación pequeñita ofreciéndole un reconfortante abrazo y unas palabras y canciones muy maternales y acogedoras. Luego se vino con nosotras a la cocina, donde estábamos, y a partir de ahí Lucía decidió profundizar en su camino con la única compañía de su chico.
En la cocina pude conocer más a las comadronas y estuvimos hablando de todo un poco mientras salíamos de vez en cuando para ojear cómo seguía la mami. Sonia me dijo algo que se me quedó muy grabado: “Un parto es un máster de paciencia”. Y cuánta razón tenía. Durante todo el día que pasamos en aquella casa – básicamente, estando – pude poner a prueba mi capacidad de espera. Pero se trataba de un esperar muy natural, nada que ver con ese esperar del bus impacientemente, ese desear que se acabe de cocinar la comida o que llegue la hora para encontrarme con una amiga. Era una espera muy desde el presente: no había por qué desear adelantar nada, ni tampoco atrasarlo. No había inquietud, no había pasado ni futuro, era la dulce espera, pero desde el Ahora.
Mi percepción de aquellas casi 10horas que estuvimos en aquel paisaje transcurrieron de forma diferente a la acostumbrada. El tiempo no fue en horizontal, en línea de un lado a otro, sino que se creó toda una espiral de presente que nos envolvía y que profundizaba en contracciones, respiraciones, mantras, miradas, caricias y una beba, que, cada vez más cerca, nos acompañaba.
En ese espacio, sabiendo que Lucía era protegida y mimada por su compañero, las dos comadronas y yo pudimos charlar, cocinar y comer; observábamos de vez en cuando las contracciones y ofrecíamos bebidas o comida para mami y papi… Sonia se acostó en el sofá, yo me puse a colorear un mandala… estábamos, eso era, un estar que, sin decir, hacer e incluso sin pensar demasiado, creaba presencia y confianza en lo que allí sucedía.
Si hago una recopilación de todo el tiempo de trabajo de parto, creo recordar que una de las pocas frases que dijo Lucía fue: “¿y la piscina?, ¿no hay piscina? ¿a mí me gusta la piscina?”. Era casi cómico ver cómo salía de su mundo para preguntarnos por la piscina. Sonia no quería montarla pues eso suponía hacerle un tacto y no le apetecía pues estaba yendo todo muy bien, pero vista la insistencia por la piscina y después de comprobar por medio de un tacto que era un buen momento, comenzamos el gran montaje de la piscina, que, por cierto, Lucía no llegó ni siquiera a ver pues Magia tenía otros planes…
Cuando Lucía empezó a empujar las comadronas me hicieron el gran regalo de poder estar al lado de ella. Así, Krishinda se quedó fuera de la pequeña habitación y Sonia se puso detrás de Lucía – que estaba de rodillas abrazada a Cristóbal. La fase del expulsivo duró alrededor de dos horas, pero esto lo sé porque alguien lo comentó luego, porque para mí fueron como 20minutos. En realidad tengo muy borrosos aquellos momentos, solo sé que estaba serena, súper confiada, sin una pizca de duda… es como si estuviera recibiendo parte de las hormonas de Lucía que generaban tanto bienestar.
Era divertido cuando llegaba una contracción pues, como al principio se quedaba muy contraída, para animar a Lucía todas abríamos la boca e incluso gritábamos con ella para darle más apoyo. Qué mamíferas!! Leonas rugiendo, conectando con su fuerza…
Cuando paraba la contracción había un silencio tan profundo que Lucía parecía entrar en un estado alterado de conciencia, era como si se introdujese en una burbuja y quedara en ella flotando, como si desconectara, como si se cerraran uno a uno los pétalos de la hermosa flor.
Y al ratito volvía la fuerza, la intensidad… y todas a rugir!!
En susurro Sonia me dijo: “en la próxima contracción te agachas y miras”. Creo que ni procesé lo que me estaba diciendo solo sé que la siguiente contracción me asomé y “Ula… una cabecita!!”. Magia ya estaba cerca, coronando… Y lo más curioso es que yo lo viví como la cosa más natural del mundo, como si viera nacer niñ@s todos los días…
Lucía estuvo muy entregada al nacimiento de Magia en todo momento, no expresaba de ninguna manera queja o molestia. Se veía intensidad en su cuerpo, pero al mismo un abandono y confianza increíble. El único momento en que se quejó fue cuando su hija pasaba por el aro de fuego y sintió como si algo le quemara. La comadrona la tranquilizó diciéndole que su pequeña ya estaba cerca.
Así, Magia llegó de a poco, en un pujo fue saliendo su cabecita, lenta, muy lentamente. Le fui reconociendo la frente, los ojitos cerrados, la boquita hermosa, hasta la barbilla. Con un pujo más, que parecía no llegaba nunca, salió el resto del cuerpo con ayuda de Sonia que la pasó por delante a la mami (que estaba de rodillas) para que ella la recibiera: “Ya está aquí vuestra hija, tiene una bufandita, puedes sacársela”. Así con la mayor naturalidad la mamá le quitó el cordón que tenía cerca del cuello y le dio la bienvenida. En ese momento le puse una toalla a Magia para ir secándola con el mayor cuidado posible, (aunque, madre mía, que respeto me daba!!). Lucía comenzó a hablarle: “Hola hijita, qué guapa eres… pero qué bien lo has hecho… has hecho un muy buen viaje… y qué guapa… hola amor… hola hijita…”. El papá tenía los ojos súper abiertos, se había quedado mudo y si hubiera tenido luz para ver, casi diría que blanco… Era el final de una maratón y los dos, o mejor dicho los tres habían llegado a la meta y habían recibido el gran premio, de la Vida.
Bien tapadita y en brazos de su mami, Magia (que en realidad no tuvo nombre hasta unos cuantos días después), empezó a llorar (creo, para alivio de sus papis que ya estaban extrañados de que no lo hiciese). Viendo que todo estaba bien les di su espacio de intimidad y me fui de la habitación para ser entonces consciente de que había acompañado mi primer parto. Me fui instintivamente a una de las esquinas del salón y me puse a llorar… En eso llegó Krishinda y me abrazó y me felicitó, “enhorabuena, tu primer parto…”.
Cuando me reencontré con la recién estrenada familia a los papis se le caía la baba. No hacían más que decir lo preciosa, hermosa, lo linda que era su hija: las caritas que ponía, las orejitas de gnomito, los ojillos grandes, las manos, ohh que manos más grandes… E incluso el cordón recibía halagos, “pero has visto que bonito que es?! Y cómo late!! Toca, toca…” Todo eran cariños y cosas bellas para la peque. Desde luego el enamoramiento ya estaba, el vínculo comenzaba a crearse.
Magia nació a las 6 de la tarde del 30 de Marzo de 2011. Nació en el día que la primavera brotaba. Nació en tierra. Nació en respeto, en mucho amor… desde el milagro de la Vida.

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