Satya, la conexión con lo verdadero desde el yoga

El aporte de lo sincero

Uno de los elementos que más agradezco de mi práctica cotidiana de yoga es la conexión que me ofrece con la Verdad, con aquello que lleva a un camino de autenticidad. Y lo siento como un camino pues es una vivencia dentro de un proceso, un pasito a pasito que no siempre puedo llevar a la práctica pero que resulta tremendamente gratificante cuando logro estar desde su mirada clara.

La unión con lo sincero es, ante todo, un regalo de libertad. Es el encuentro que permite un darse cuenta que va mucho más allá de la forma, incluso más allá de lo esperado o lo deseable. Al generarse ese vínculo, lo que Es se revela amplio, sin adornos, permitiendo que nos entreguemos a una realidad que, poco a poco, va sanando y liberando de ataduras que nos someten. Rescatando las palabras del sabio: “La Verdad me hace libre”.

Otro elemento que, desde mi experiencia, caracteriza lo verdadero tiene que ver con la belleza. Por supuesto no hablo de una estética dictaminada por ciertos sectores que manejan desde lo superficial o lo modelado, sino un resurgir y expandir de lo más esencial de cada cual. Y cuando esa pureza entra en el juego no puede más que hacerlo desde un hermosísimo vibrar. yoga y feminidad barcelona PicsArt_1416749401627[1]

También me gusta reconocer la verdad desde una cierta fluidez que evita cualquier tipo de control, una realidad cercana pero escurridiza que no es posible categorizar ni cerrar en un molde por mucho que algun@s pretendan agarrarla y patentarla. Pues la verdad se define a sí misma y de forma coherente con cada situación, persona y etapa vital.

Así mismo siento la verdad en conexión con lo profundo, unas raíces que nutren desde un lugar sin tiempo, sin límites. Profundidad que es oscura y sabia, acogedora y paciente. Un buceo que rescata lo que quizás no quisimos ver entonces, para permitir, desde el lodo y la tierra original, que brote una hermosa flor blanca y pura.

Convenciones sociales, inconsciencias y autoengaños

Me resulta bastante curioso que, pese a todo este tesoro en mayúsculas que es la verdad, sigamos aferrad@s a muchas tendencias que nos alejan de su acompañar.

Reconozco que me cuestan un poco ciertas convenciones sociales ya cotidianizadas que caen en lugares comunes cargados de inconciencia y que van creando dificultades en la vinculación con el otr@ por su alejar de lo sincero. Fórmulas sociales que van generando formas de comunicarnos basadas en lo que “debiera ser” o en el agradar al otr@ más que en lo auténtico de mi sentir.

Y ni que decir tiene de ese uso que se le da a la mentira para crear miedos, aumentar el poder personal o intentar imponer creencias personales.

Triste me resulta también todas esas mentiras que nos contamos a nosotr@s mism@s, cómo desarrollamos unas estrategias muy precisas para no querer darnos cuenta de ciertas cosas, reversionar lo que vemos delante para ponerle otro etiquetado más acomodado a lo que esperamos ver o la práctica de repetirnos una y mil veces cualquier frase que altere lo que siento sin dar la mínima oportunidad de acoger lo auténtico que se está dando (por más oscuro o doloroso que sea).

Se va generando así una tendencia un tanto peligrosa hacia las mentiras piadosas, justificadas, sociales, admitidas y un no menos importante entramado de autoengaños variados que se van proyectando y desarrollando hacia fuera. Un arriesgarse a alterar lo puro de nuestras relaciones así como el encuentro con un@ mism@

Y así, venga a rechazar, venga a negar lo que hay, venga a contarnos cualquier cuento, nos vamos construyendo desde corazas internas y externas puede, por el gran miedo que tenemos a observar, relacionarnos y vivir de una forma sincera.

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El yoga y los espacios de conexión con la verdad

Practicar yoga, para mí, es conectar con una honestidad profunda y transformadora que tiene mucho que ver con el autoconocimiento. Es apostar por el respeto a mi cuerpo (en las ásanas, caminando, mientras trabajo, desde el descanso, etc.), por una liberación de los patrones mentales castrantes, vertiginosos e inconscientes y por una apertura de mi Ser esencial que me invita a abrir la mirada a toda verdad que me acoge. Verdad que, personalmente, llamo Vida.

Por otro lado, como profe, me gusta mucho empezar las clases de yoga ofreciéndoles a mis alumn@s la pregunta: “¿de qué te das cuenta?”. Una invitación a la reflexión personal que, quiero pensar, les lleva a encontrar algo que viste de verdad, incluso aunque no sea siempre agradable. Una propuesta de llegar al corazón del yoga dándose esa oportunidad de sinceridad que aporta un poquito más de liberación de lo que ya no va, de lo que quedó caduco.

En mi opinión cualquier espacio yóguico debería apostar por el desarrollo de Satya, el segundo yama(*) que podríamos traducir como “Verdad” o “no mentir”. Un subrayado de lo íntegro que genera la posibilidad de enfrentarse con lo que hay, es decir, ponerse en frente y darse cuenta, por ejemplo, del movimiento de mis pensamientos, las tendencias de mi vida personal, el cómo desarrollo mi relación con otr@s o el reconocimiento de la comunidad/es que cocreamos.

La observación y la aceptación de lo que se da aquí-ahora para crear diálogo y danza con lo puro que brota de lo que somos, desde el “Ser”. Un camino que nos ayude a ir transitando desde “la verdad de cómo estoy” hacia “la verdad de quien soy”.

Y por supuesto, dar cabida desde el yoga a una de sus más potentes herramientas: la conciencia. El candil que descubre las verdades ocultas en nosotr@s. Conciencia que bucea a donde se halla lo auténtico, más allá de la personalidad, la mente polar, las costumbres o lo que se rige por el miedo. Es la luz que permite que abra la esencia de cada cual.

Porque, en mi opinión, la Verdad siempre está y estará. Depende entonces de cada un@ querer reconocerla y permitir que se expanda.

Tú eliges.

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Escrito por: Paula Vives Entrena

(*) Los yamas y niyamas son los principios y actitudes que conforman la base moral sobre la que se basa el yoga.

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